Es una creencia generalizada eso de que "cada cosa tiene su momento". Por extensión, podríamos proponer como corolario que "cada cosa tiene momentos inadecuados". No me contento con creer que esta afirmación es cierta per se; más bien entiendo que habitualmente esto es así a causa de la imposición, por parte del ideario colectivo, de racionalizar cada una de las determinaciones que debemos afrontar. El deber por encima del querer, se podría resumir. Es un buen mecanismo de defensa ese de pararnos a pensar los contras de cada decisión que tomamos, sin duda. Pero en determinadas situaciones, ¿defensa a costa de qué? ¿En todo acto, en toda decisión, ha de primar la razón sobre el impulso? Me alegro de que, en mi opinión, esa respuesta sea negativa. Así lo creo, por ejemplo, por dos motivos. El primero es la concepción del hombre como ser limitado en su conocimiento, y por tanto incapaz de preveer (y en muchas ocasiones ni siquiera atisbar) cuál será la mejor opción para cada momento. El segundo es saber la limitación que también tenemos sobre el control de nuestra voluntad. Y es que, por más que pudiesemos llegar a querer, y doy gracias, hay cosas que no podemos manejar a nuestro antojo, y en última instancia no nos queda más que dar rienda suelta y disfrutarlo, sin pensar nada más allá.
Me interesa especialmente la reflexión sobre esta segunda situación, sobre esas cosas que se escapan de nuestras manos y en última instancia nos deja poco más que caer rendidos ante ellas. Y me interesan ya que, por lo que por experiencia conozco, son las que más felicidad te pueden llegar a hacer sentir. Será por la intensidad de lo imprevisto, de lo que no sabes cómo va a salir, a donde te va a llevar, y ni siquiera te importa, porque bueno es ya el dónde te sitúa en el presente. Son esas cosas que, a poco que les dejes, empiezan a espolearte por lo sensitivo, lo sentimental, y lo va haciendo crecer y dominar, hasta el punto de hacer cada vez más pequeño el peso que sobre nosotros tiene la razón. Y mientras más te dejes llevar, más va aplastando lo pasional a lo racional, y todo se comienza a volver incontrolable. Y bendita pérdida de control, que te da vida e incluso sentido.
Y es entonces cuando empiezo a pensar cuáles son esas cosas incontrolables. A pensarlo de forma general, es decir, cuáles son las características comunes que unen a todas esas cosas. Se me antojan, todas ellas, como cosas que apelan a nuestras emociones, a nuestros sentidos, a nuestros sentimientos. Se me antoja incontrolable la amistad, especialmente el perderla. Y es que por más que lo intentemos, por más bien que sepamos que nos puede hacer, nos puede resultar imposible devolversela a alguien que, por ejemplo, nos haya defraudado o nos haya traicionado. Y quizá la más incontrolable de todas estas cosas sea el amor, porque lo es por partida doble: ni elegimos a quien amar, ni elegimos a quién no amar. Ni somos capaces de amar a alguien por el simple hecho de que le sepamos adecuado, ni somos capaces de no amarlo porque le intuyamos inadecuado. Quizá sea por eso, porque no somos capaces de controlarlo, que el amor no tiene más momento, más circunstancias ni más receptor que los que el nuestra propia capacidad de amar elija. Y es esa también, por no poderlo elegir ni controlar, la razón que hace que, cuando llega, sea una de las mejores y más intensas sensaciones que podemos sentir.
Pero como seres imperfectos, tendemos a veces a ser cabezones, pretenciosos y no conscientes de nuestras propias limitaciones. Y eso nos hace permitirnos el lujo de querer controlar ese sentimiento, y lo que es peor, de querer racionalizarlo. Y a poco que tengas experiencia, terminas aprendiendo que eso no es bueno. Que pretender amar a alguien que crees que es bueno para ti, casi forzarlo a hacerlo, nunca da resultado. Igualmente, renunciar a un amor por no creer oportuno el momento, las circunstancias o la persona, es absurdo. Es cortar una pierna porque te duele un tobillo. Es elegir una opción cuyas consecuencias te harán sentir peor de lo que te haría sentir el peor de los resultados de haberte arriesgado. Es por eso que es mejor no pasarse de listo, y darle rienda suelta al amor, a ese instinto que al final no está más que diciendonos a viva voz qué es lo que queremos y, por tanto, que es lo que más feliz te hará a corto plazo.
Es por eso que ante estas situaciones no hay nada mejor que dejarse llevar, que disfrutar de lo que se nos poner por delante, de arriesgarse... De ser pasionales, al fin y al cabo. Porque después de todo, si el amor estimula nuestra felicidad como circunstancia incontrolable y sorprendente, ¿por qué no intensificarla al máximo dandole aún más espontaneidad, naturalidad y riesgo?
11 oct 2009
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6 comentarios:
La vida sigue siendo un riesgo por mucho que nos empeñemos en controlarla... Por lo que me arriesgo a afirmar, que el raciocinio siempre viene forzado o impuesto. Nunca es elegido. Pienso que no hay nadie tan cabal que sea capaz de mirar a otro lado cuando se siente alcanzado por una pasión y es correspondido. Cuando se impone la reflexión, es una defensa que actúa como protectora del YO y cuestiona el NOS. Y llega la ineludible maduración de lo que antes no hemos querido madurar. Estoy de acuerdo, en cualquier caso, que es bueno experimentarse ante un estado pasional, se aprende mucho de la propia capacidad de riesgo. También se descubren los límites, propios y ajenos.
besote muy grande y MUCHAS FELICIDADES!
(mek)
Muchisimas gracias Mek. Un beso enorme. Valle
Qué cierto es eso de que el amor es incontrolable. Tanto, que no me queda más que esperar con los brazos abiertos que llegue, esperandolo con paciencia. Claro, que eso es cosa de dos, no sólo de uno, y tiene que llegarle a ambas personas a la vez...
Un beso.
Cuanta sensatez en estas lineas Valle,
yo, que siempre estoy en el lugar equivocado, el dia equivocado.....y a veces,pierdo a la persona equivocada...
Ah,,,a mi tambien me encanta Neruda.
Un beso
Marta.
Escucha a tu corazón Marta, no suele equivocarse, y aunque sean momentos mínimos te proporcionará una felicidad insospechada. Si estas en el día y en el momento equivocado, tampoco pasa nada, de ello también se aprende, que al fin al cabo también es importante, siempre que no te condicione ,para que la razón de la experiencia se ponga por encima del sentimiento de tu corazón. Me alegro que te guste también Neruda, tenemos bastantes cosas en común :).
Un beso muy fuerte. Valle
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